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Conny, una dulce tentación 6
Fecha: 25/03/2026, Categorías: No Consentido Autor: Roger David, Fuente: TodoRelatos
... movía como un hombre fuera de lugar. Sus pasos, mientras la miraba con una desencajada sonrisa de calentura, eran torpes, y descoordinados, como si bailara una cumbia de los años setenta en una fonda rural. Sus manos, ásperas y temblorosas, cada vez que la joven se le acercaba, se aferraban a las caderas con una urgencia que disfrazaba de ánimos de pasarlo bien sanamente, con sus dedos clavándose en la piel cremosa, pero por sobre la tirante tela del vestido, como si temiera que escapara. No seguía el ritmo. La seguía a ella con ganas de cogérsela ahí mismo e la pista de baile frente a todo el mundo. Cada vez que Constanza se inclinaba hacia adelante, él se acercaba más, con su cuerpo panzón apretándose al de ella como una promesa oscura. No era baile. Era un reclamo. Alrededor de ellos, los hombres se detenían en seco. Un estudiante con camisa desabrochada dejó caer su copa, derramándose el licor sobre la ropa; un profesor de matemáticas apretó los labios hasta que se volvieron blancos; incluso los más jóvenes, que normalmente buscarían acercarse a Conny, se mantuvieron a distancia, como si intuyeran que ese baile no era para ellos. —¡Mira, Rufino! ¡Ahí está la Conny! ¡Y está moviendo el culo súper rico! —murmuró el profesor Natalio, desde una mesa cercana, con su voz cargada de una lujuria que ya no disimulaba. Rufino, a su lado, encendió un cigarrillo con una lentitud que delataba su excitación, claramente para disfrutar aún más la función que estaba ...
... observando. —¿Quién carajo es ese viejo? —preguntó, el inspector general Rufino, frunciendo el ceño—. Parece un sapo bailando cumbia… —O como un perro hambriento frente a un bistec… —agregó Natalio, también impresionado, observando con ojos saltones… Pero no se acercaron. No aún. Sabían que Conny era suya, pero también sabían que, si el viejo ya había llegado tan lejos, quizás les ahorraría el trabajo. —Por la forma en la que esa pendeja está bailando, pareciera que no quiere resistirse —añadió Rufino, bajando la voz hasta convertirla en un eco que sonaba a confesión—. Apuesto a que, si ese viejo la llevara a un rincón, ella se abriría de piernas sin decir que no. Mientras tanto, en el otro extremo del gimnasio, una situación muy distinta (o quizá no tan distinta) a la de que se vivía, en la pista de baile, estaba sucediendo. Melissa, en pleno recorrido de vigilancia, había sido interceptada por dos viejos ebrios y lujuriosos que la acorralaron cerca de la salida de emergencia. Sus manos, huesudas y sudorosas, se aferraban a sus brazos con una fuerza que olía a desesperación, amparándose de la oscuridad, ya que ese sector no estaba tan concurrido de estudiantes o personas disfrutando de la futesa, pues el epicentro estaba en la pista, y en los puestos de ventas. —¡Vamos, profesorcita rica! —le dijo uno, con su aliento a alcohol quemándole la cara—. Baile con nosotros… Ese rincón del gimnasio, cerca de la salida de emergencia, era un túnel de sombras, donde el ruido del ...