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Hipnosis erótica II 6: adicto a mamá
Fecha: 28/06/2026, Categorías: Incesto Autor: sangreprohibida, Fuente: TodoRelatos
... un montón de sueños lindos —le dije antes de irme del cuarto. —Está bien —fue lo único que dijo ella. Al otro día se suponía que la tenía que dejar en paz. Pero no pude con mi calentura. El hecho de saber que tenía a mi hermosa madre a mi merced, era algo demasiado tentador como para dejarlo pasar, aunque también sabía del riesgo que corría. El olor del café recién hecho se deslizaba por el aire con una suavidad casi insultante. Me había despertado hacía poco, todavía con el cuerpo pesado, pero ya completamente excitado. Me senté a la mesa del comedor con una mezcla de ansiedad y triunfo. Mamá estaba en la cocina, de espaldas a mí. Completamente desnuda. Como dije, no pude controlarme, así que, al despertarme, activé de nuevo el HypnoLink y mi primera orden fue que me preparara el desayuno. Y luego solo agregué un pequeño detalle: que lo hiciera desnuda. Sus movimientos eran tan naturales que por momentos me costaba recordar que eso no era normal. Que había algo oscuro, profundamente perturbador en lo que estaba pasando. Y sin embargo, me sentía eufórico. Poderoso. Como si estuviera flotando sobre el mundo, con ella como una extensión de mi deseo. Se movía por la cocina con la gracia de una bailarina, sin apuro. Sacaba las tostadas, ponía la pava, servía el jugo. Cada paso que daba dejaba al descubierto más detalles: el leve rebote de sus tetas, la curva exuberante de su trasero que parecía moverse por voluntad propia, sus piernas largas, sus pies ...
... descalzos, todo en ella era una ofrenda viva. Y lo hacía sin una palabra, sin mirarme, como si preparar el desayuno así —completamente desnuda— fuera parte de su rutina. Yo no podía dejar de mirarla. Apoyé el codo en la mesa, el mentón sobre la mano, y sonreí con una mezcla de lujuria y vértigo. Sabía que ese poder que tenía sobre ella era tan dulce como peligroso. Que tarde o temprano me iba a jugar en contra. Que algo así no podía sostenerse para siempre. Pero esa mañana no me importaba. No todavía. Ella se acercó con la bandeja. La dejó sobre la mesa sin mirarme, con la misma serenidad pasmosa con la que uno deja una flor sobre una tumba. Pero no se alejó. Se quedó quieta, a mi lado, con las manos juntas frente al vientre. La luz del ventanal caía directo sobre su piel. Brillaba como una estatua viva. Tenía la mirada baja, sumisa, casi ausente. La miré en silencio. Me tomé mi tiempo. Sentía cómo la sangre me golpeaba dentro del cuerpo, como si cada latido fuera una ola que subía sin freno. No podía más. Llevé la mano a su cintura. La agarré con firmeza, con una sola mano, y la atraje hacia mí. Ella no se resistió. La giré despacio, hasta dejarla de espaldas a mí, y luego la empujé hacia adelante, con el mismo cuidado con el que se acomoda una pieza frágil. El cuerpo se le dobló con elegancia. Apoyó las manos sobre la mesa, y su espalda formó una línea perfecta que terminaba en esas nalgas grandes, redondas, elevadas ahora con una naturalidad obscena. Yo me ...